Un cuento crepuscular
VICTORIANO, EL ORGANISTA DE LA CATEDRAL Victoriano bajaba lentamente por la escalera desde el órgano, mientras que sus manos temblaban deslizándose por la barandilla. No era solo por la vejez, aunque sus ochenta y nueve años no se pudieran menospreciar; estaba conmovido por la cita del día siguiente en la que debería entregar su oficio al nuevo organista. Aquel era un tal Valentino que recientemente había salido del conservatorio, a quien el anciano no había tenido el placer de conocer desde antes. Era demasiado joven para que este buen viejo, fiel a la catedral desde los quince años, se fiase de él. Por un lado, necesitaba retirarse, pero por el otro, iba a echar en falta hasta a los gatos vagabundos que maullaban en el umbral, a quienes daba comida cada noche antes de irse a casa. Se miró de reojo las botas reparadas por su amigo, el zapatero ubicado en el casco antiguo, y sonrió: “No me las has hecho bien esta vez, Regino, y te voy a tirar de las orejas”, hablaba ...