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Un cuento nostálgico

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LA PLUMA ILUMINADA DEL VIEJO GRUÑON Hacía tiempo que el viejo gruñón Ion se había acomodado entre las paredes, impregnadas de moho de su taller, y de allí no le sacaban ni el generoso sol en verano, ni mucho menos, las tormentas otoñales. Vivía en su “cueva”, como él mismo llamaba con cariño a ese espacio, donde, apasionado, reparaba plumas estilográficas. Despreocupado de las noticias mundiales y de las desgracias locales, que conmovían aquella población de gentes obtusas, Ion se encerraba para darle vida a esas frágiles herramientas, con cuya ayuda se habían relatado historias lindas y dramáticas y se habían firmado papeles o cerrado tratos. Se las traían coleccionistas, periodistas, escritores y todo tipo de aficionados a la escritura y a la lectura – personas completamente diferentes de las que tenía a su alrededor. Su labor era tan delicada y de sacrificio, que requería toda su atención. “Ya soy muy mayor para meterme en la vida ajena, Crescencio”, guiñaba con el ojo al...

Un cuento crepuscular

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VICTORIANO, EL ORGANISTA DE LA CATEDRAL Victoriano bajaba lentamente por la escalera desde el órgano, mientras que sus manos temblaban deslizándose por la barandilla. No era solo por la vejez, aunque sus ochenta y nueve años no se pudieran menospreciar; estaba conmovido por la cita del día siguiente en la que debería entregar su oficio al nuevo organista. Aquel era un tal Valentino que recientemente había salido del conservatorio, a quien el anciano no había tenido el placer de conocer desde antes. Era demasiado joven para que este buen viejo, fiel a la catedral desde los quince años, se fiase de él. Por un lado, necesitaba retirarse, pero por el otro, iba a echar en falta hasta a los gatos vagabundos que maullaban en el umbral, a quienes daba comida cada noche antes de irse a casa. Se miró de reojo las botas reparadas por su amigo, el zapatero ubicado en el casco antiguo, y sonrió: “No me las has hecho bien esta vez, Regino, y te voy a tirar de las orejas”, hablaba ...

Un cuento fantástico

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POR UNA PATATA CRUDA Estaba mirando fijamente las agujas del reloj de la pared, pensando que hubiera sido divertido si pudiera volver atrás en el tiempo, para evitar la bronca. Había suspendido varias asignaturas, y no sabía cómo arreglarlo. Las notas estaban puestas,  y no le quedaba otra cosa que hacer que aceptar la discusión en casa. Encima, ¡era Navidad! Mientras le daba vueltas a todo eso, llamaron a la puerta. Entre el jaleo en el recibidor, escuchó la voz de su tío, y suspiró de alivio. “Menos mal”, pensó que con su visita la bronca se iba a aplazar. Por si acaso, escondió las notas. Ya había inventado la excusa para que no insistieran en que se sentara en la mesa festiva: calentó el termómetro en la llama de una vela, se comió una patata cruda y se quedó sin parpadear un rato largo, para que le lloraran los ojos. Después de haber preparado la falsa fiebre, se metió en la cama tapándose del todo. Cuando su madre le llamó, ya estaba tiritando. Ella miró el termómetro, sac...