Un cuento surrealista
LAS FLORES NAVIDEÑAS DE PEPE Cada mañana se levantaba a las cinco y antes de comerse la ensaimada con un tazón de leche, empezaba a poner en orden el almacén de su hospitalaria floristería, que se hallaba en la esquina de la calle Mayor. Pepe ya era muy anciano para cuidar solo de su negocio, pero desconfiaba de la paciencia que alguien pudiera tener para este trabajo tan fino y caprichoso, así que declinó la generosa oferta de ayuda por parte de sus hijos. Y no le importaba hacerlo todo él mismo, desde la limpieza cotidiana hasta la misma venta, para él era cuestión de orgullo y deber cumplir con sus obligaciones hacia las flores. Su pasión por las plantas era algo realmente increíble. Las amaba, les cantaba y bailaba a su alrededor, incluso los domingos por la tarde, cuando bajaba la persiana de la tienda, cogía su anticuada armónica y tocaba, en su honor, la música más celestial de la cual era capaz. Después de haber perdido a su Marielena abatida por el Alzheimer, en el mundo ...